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El mundo es mejor de lo que dicen. Te lo voy a mostrar.
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Diez años de ruta: del primer autostop por Siberia al Amazonas, Papúa y el agua del norte.
En 2017 salí por primera vez de las caminatas conocidas por el krai de Krasnoyarsk y crucé Siberia a dedo, rumbo al Baikal, Jamar-Dabán, Yakutia, el Lejano Oriente y el mar. Los textos todavía son irregulares, pero ya contienen lo esencial: la mano levantada en la carretera, la carpa bajo la lluvia, una mañana fría junto al Baikal y la sensación de que el mundo grande no estaba tan lejos.
Cuando cumplí veinticinco años decidí intentar por fin ese sueño que había postergado: no después de una preparación perfecta, sino en ese momento. Asia Central fue la primera etapa de mi vuelta al mundo: mochila, poco dinero, estepas, fronteras, el Pamir, noches frías y personas que me recibían como invitado.
En Estambul regalé mi carpa y me quedé con una funda de vivac, una mochila y una tarea diaria: encontrar dónde pasar la noche. Bajo un puente, junto al mar, en un campo, en la montaña o en las afueras de una ciudad, lo que se pudiera. Suena casi romántico, salvo por un detalle: era invierno.
Apenas terminó una calamidad, empezó otra: la guerra. No podía permitir que también me quitara el sueño, así que compré un boleto de ida a otro continente. Así empezaron mis aventuras en Sudamérica: no porque todo encajara perfecto, sino porque ya no había otra forma honesta de seguir.
Cinco meses en el continente. El español ya empezaba a sentirse familiar. Estaba de pie junto al Ucayali, el río que abre el camino hacia el Amazonas, con un plan: una canoa hecha a mano, la billetera casi vacía y un poco de terquedad. ¿Una locura? Tal vez. O tal vez no.
Pasó un año después del Amazonas. Volví en mí, reuní equipo nuevo y salí otra vez a la ruta. El Baikal volvió a ser el punto de partida, y por delante estaban Mongolia, China, Vietnam y una meta nueva: llegar a Nueva Guinea sin aviones. Pero también había algo más.
Después de una pausa breve tocaba seguir. La mochila volvía a sentirse demasiado pesada y la visa a punto de vencer empujaba hacia la frontera. Las rutas de Camboya, Tailandia, Malasia e Indonesia me llevarían poco a poco del continente al mar, los ferris y las islas.
El ferri llegó a la costa de Nueva Guinea. En el camino había escuchado una y otra vez la misma advertencia: “Allá te van a comer”. Por delante venían cuarenta días sin guías ni escolta, con mochila, autostop, permisos policiales, caminos de selva y personas que poco a poco desmentían todos los rumores aterradores.
Carelia del Norte no fue un intento de llegar lo más lejos posible, sino un avance lento por el agua entre bosque, piedra, lluvia y silencio norteño. La ruta fue corta en distancia, pero importante por su sentido: prueba de equipo, tres semanas de vida autónoma y el primer viaje serio de a dos.
El primer encuentro con Nueva Guinea salió bien, y supe que iba a volver. Pero antes quería intentar otro sueño de infancia.